miércoles, 10 de agosto de 2011

Disquisiciones eutrapélicas


Hay personas tocadas con don divino (de su propia divinidad) y se creen el ombligo del mundo. Para estas personas un estornudo propio (achís … ¡salud!) es una cuestión más seria que la gripe del vecino, e incluso que la ola de gripe estacional que cada año nos visita.

Pero eso sí, hay que escuchar continuamente sus estornudos, y estar muy atentos a decir “¡salud!” para, encima, no caer en la falta, y en el reproche, de ser desatentos o ineducados.

Una forma de identificar a estos divos o divas (palabra que hace referencia a la divinidad, deidad, o a los dioses de las antiguas civilizaciones) es observar la manera por la que van por la vida, como se comportan o actúan (o mejor, sobreactúan). Algunos indicadores significativos:
Estas personas no comen, se nutren.
No andan, se desplazan.
No duermen, se relajan y recuperan.
No trabajan, realizan actividades en las que desarrollan su potencial.
No cobran, reciben emolumentos por el producto derivado del desarrollo de su potencial.
No reciben regalos, se dignan a aceptarlos.
No piden favores, reciben lo que sobradamente se merecen (o les encargan los favores a otros intermediarios).
Por lo tanto, no deben favores, ni tienen que dar las gracias (lo cual es una lástima, pues les impide desarrollar el enorme sentimiento de gratitud que, aunque oculto, seguro que poseen).
No explotan a los demás, toman los recursos de su entorno.
No manipulan, organizan a otros.
No (%p&@u=#f), liberan a su organismo de sustancias innecesarias.
No carecen de principios, estas personas son el principio.

Pero eso sí, continuamente tenemos que escuchar sus estornudos (achís … ¡salud!, que no quiero quedar por desatento). Son un preciado tesoro, valiosas joyas (o joyitas) a las que da gusto tener … bien lejos.

Por eso les he dedicado estos humildes versos que he compuesto expresamente para la ocasión. Lean, lean.

A mí no me cuentes penas,
que ayer te conté las mías,
y mientras te las contaba,
fingiste que no me oías.

A mí no me cuentes penas,
ni quiero saber de ellas,
ni escuchar tus alegrías.

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