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lunes, 14 de noviembre de 2011

Cómo ha cambiado la escuela


Mucho ha evolucionado la educación en los últimos cuarenta o cincuenta años. Y a mí me ha tocado ver estos cambios sentado en la primera fila de pupitres, porque llevo en esto de la enseñanza desde que, con cuatro años, mis padres me “apuntaron” (hoy se diría matricularon) en la guardería de Doña Julia, en el salón parroquial.

En estos años he pasado por Educación Infantil (como alumno y como profesor), por Primaria y Secundaria (como alumno y como profesor), y por la Universidad –también como alumno y como profesor.

Hoy las  escuelas disponen de más y mejores recursos que los que nunca antes tuvieron, el profesorado posee una formación, inicial y continua, acorde con  su función,  y  el currículum trata de adaptarse continuamente a las necesidades y requerimientos de la sociedad.  En líneas generales, todo ello ha repercutido de forma muy favorable en la atención educativa al alumnado, sean cuales sean sus necesidades educativas o sus características personales y sociales.

Pero ¿Qué hay de las relaciones escuela – familia? ¿Han mejorado con los años?
¿Tú qué opinas? Te dejo esta pregunta para la reflexión.

domingo, 14 de agosto de 2011

Disquisiciones eutrapélicas: la entelequia del purismo.


Tener un perro de pura raza, lucir una pulsera de oro puro, usar aceite puro de oliva, suele ser motivo de ostentación y orgullo. También lo es jactarse de utilizar una lengua pura. La quimera de lo auténtico lo invade todo y, cómo no, también el lenguaje cotidiano.

Hay defensores a ultranza del uso del lenguaje más puro, descalificando todo lo demás. Pero eso sí, siempre y cuando esto sea de su conveniencia. Y valga como muestra este botón:
Hace años que vivo en un país predominantemente anglófono, los Estados Unidos, en donde enseño español como lengua heredada. Y mi experiencia como usuario del inglés es muy diferente según sea yo quien solicita cualquier información en la vida diaria, o sean otras personas las que requieren, en inglés, algo de mí. En el primer caso, si mi pronunciación o la estructura de la frase no son exactas y precisas, puedo encontrarme por respuesta a mi pregunta un sorprendido … whaaat?. Y en cambio ¡qué curioso!, esas posibles limitaciones mías no representan ningún problema a la comunicación cuando soy yo quien informa a otros. Ya me ha ocurrido varias veces que, paseando por mi vecindario, algún conductor despistado me ha pregunta por la salida hacia la cercana autopista I-95. Y tras mi explicación nunca me han contestado con un … whaaat?, sino al contrario, siempre me han respondido con un agradecido y educado … thank you, Sir!. Y puedo asegurar que el inglés que utilizo es cualitativamente idéntico cuando pregunto, y cuando respondo.
Este ejemplo, lejos de ser puntual, o de limitarse a mi persona, representa situaciones bastante habituales. Lo cual me hace sospechar que con respecto al uso “correcto” de la lengua, como en tantas otras cosas, existen distintas varas de medir.

Estados Unidos es el segundo país del mundo en número de personas que hablan español, después de México, y hay una amplia diversidad al hablarlo. Diversidad que incluye el spanglish, fenómeno lingüístico consistente en incorporar al idioma español anglicismos sin traducir, o mal traducidos. Algunas voces autorizadas (Ilan Stavans) sostienen que el spanglish tiene las características de una nueva lengua que surge en una situación de intensa interacción y mestizaje cultural.
La cuestión adquiere una mayor complejidad aún al incluir en el debate el fenómeno de la ciber-comunicación.
También es diverso el español hablado en Latinoamérica y en otras regiones. Unos quinientos millones de personas hablamos español en todo el mundo. Es esto lo que hace a nuestra lengua grande, influyente e importante. Y no las diferencias lingüísticas existentes entre países y regiones.

Reconociendo la importancia capital de un referente lingüístico común que aglutine y organice las diversas formas de expresarse en español, es preciso el respeto a todas sus modalidades de uso. La norma ha de adaptarse a la realidad, y no aislarse de ella en un intento de mantenerse aséptica. La contaminación del idioma es inevitable, y necesaria. De no ser así, seguiríamos hablando el latín vulgar del siglo IX.

Hay que ser muy pedante y engreído para atreverse a descalificar otras formas de hablar español (u otra lengua) distintas de la propia.

Como profesor de español intento promover en mi alumnado el aprendizaje y uso correcto en cada una de las habilidades y destrezas de nuestra lengua, en la idea de que no todo vale, y a la vez fomentar el respeto, la tolerancia y el mutuo entendimiento entre todas las modalidades en las que los hispanohablantes nos expresamos.

Y en lo personal me esfuerzo en ser exquisito en el uso cotidiano, y literario,  de esta lengua que enseño y amo. Pero también aprendo al contaminarme con tu forma de hablar español. Contamíname … con tu educación, con tu amabilidad, con tu saber.

jueves, 11 de agosto de 2011

Disquisiciones eutrapélicas


Hay personas tocadas con don divino (de su propia divinidad) y se creen el ombligo del mundo. Para estas personas un estornudo propio (achís … ¡salud!) es una cuestión más seria que la gripe del vecino, e incluso que la ola de gripe estacional que cada año nos visita.

Pero eso sí, hay que escuchar continuamente sus estornudos, y estar muy atentos a decir “¡salud!” para, encima, no caer en la falta, y en el reproche, de ser desatentos o ineducados.

Una forma de identificar a estos divos o divas (palabra que hace referencia a la divinidad, deidad, o a los dioses de las antiguas civilizaciones) es observar la manera por la que van por la vida, como se comportan o actúan (o mejor, sobreactúan). Algunos indicadores significativos:
Estas personas no comen, se nutren.
No andan, se desplazan.
No duermen, se relajan y recuperan.
No trabajan, realizan actividades en las que desarrollan su potencial.
No cobran, reciben emolumentos por el producto derivado del desarrollo de su potencial.
No reciben regalos, se dignan a aceptarlos.
No piden favores, reciben lo que sobradamente se merecen (o les encargan los favores a otros intermediarios).
Por lo tanto, no deben favores, ni tienen que dar las gracias (lo cual es una lástima, pues les impide desarrollar el enorme sentimiento de gratitud que, aunque oculto, seguro que poseen).
No explotan a los demás, toman los recursos de su entorno.
No manipulan, organizan a otros.
No (%p&@u=#f), liberan a su organismo de sustancias innecesarias.
No carecen de principios, estas personas son el principio.

Pero eso sí, continuamente tenemos que escuchar sus estornudos (achís … ¡salud!, que no quiero quedar por desatento). Son un preciado tesoro, valiosas joyas (o joyitas) a las que da gusto tener … bien lejos.

Por eso les he dedicado estos humildes versos que he compuesto expresamente para la ocasión. Lean, lean.

A mí no me cuentes penas,
que ayer te conté las mías,
y mientras te las contaba,
fingiste que no me oías.

A mí no me cuentes penas,
ni quiero saber de ellas,
ni escuchar tus alegrías.